
Antes, quisiera compartir con Ustedes
una vieja historia del pueblo Cherokee:
Una mañana, un viejo Cherokee, antes
que naciera en nuestro mundo el COVID- 19, le contó a su nieto de una eterna
batalla. El anciano, le dijo:
- Esta épica batalla, ocurre en el interior de
cada uno de nosotros. Es una batalla continua entre dos magníficos lobos.
Uno es hermoso y
oscuro como la noche, pleno de orgullo, ira, envidia, celos, tristeza, pesar,
avaricia, crítica, arrogancia, miedo, autocompasión, culpa, resentimiento,
soberbia, inferioridad, mentiras, superioridad y ego.
El otro lobo, en
cambio, es blanco y luminoso como la luna llena, colmado de alegría, paz, amor,
esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, amistad, empatía,
generosidad, verdad, compasión, esperanza y fe.
La misma batalla
ocurre dentro de ti y cada persona también-dijo el abuelo-.
El nieto, medito por un momento y
luego preguntó a su abuelo:
-
“Agiduda”. ¿Qué lobo gana?
Hasta aquí la historia, ahora
vamos tratar de explicar una de las prácticas del Mindfulness para tratar de
responder la pregunta del niño.
“El concepto del mindfulness como
tal, tiene su origen en la unión de las prácticas contemplativas de oriente y
el interés por la ciencia de dar soluciones que palíen el estrés que vivimos en
nuestra sociedad occidental. El concepto surge de la mano del Dr. Jon
Kabat-Zinn, médico y fundador de la Clínica de Reducción de Estrés de la
Universidad de Massachussets en 1979, donde aplicó los principios de la
meditación budista con sus pacientes, con notables resultados positivos. La
comunidad científica recibió con gran aceptación los métodos de Kabat-Zinn y el
concepto de mindfulness.”
“Mindfulness se traduce al
español como atención plena o conciencia plena. Se trata de ser plenamente
conscientes del momento presente sin juicios, con amabilidad y curiosidad. Esto
nos permite aquietar la mente y ver con más claridad “lo que hay” aquí y ahora,
tanto lo que acontece en el entorno como en nuestro interior.
Necesitamos calmar la mente
porque la mayor parte del tiempo vive en un estado de agitación causada por un
diálogo interno que constantemente nos lleva; de un pasado por el que nos
sentimos culpables, arrepentidos o enganchados a recuerdos de otros tiempos
mejores, a un futuro de proyección, preocupación, anticipación y creación de
expectativas.
Esta continua “cháchara” mental,
no sólo no nos aporta soluciones, sino que frecuentemente acentúa los
problemas; enturbia el escenario sobre el cual tomamos las decisiones, nos
consume energía vital, genera enfermedad y limita nuestra capacidad de visión y
disfrute. Además, esta continua evasión del presente, nos impide vivir con
plenitud la realidad que acontece en el momento único que existe, el aquí y el
ahora.
El mindfulness nos ayuda a
desactivar el modo “piloto automático” con el que muchas veces vivimos nuestras
experiencias y reemplazarlo por el modo “piloto consciente”. Siendo conscientes
tanto de lo que acontece en el entorno, como de lo que sucede en nuestro cuerpo
y nuestra mente en cada momento, nuestra experiencia de vida es mucho más
intensa, más rica, más plena.
El mindfulness nos da la
oportunidad de dar un paso atrás para desidentificarnos de nuestros
pensamientos y nuestras emociones y ver con claridad. Cuando tomamos distancia
de lo que nos pasa, somos más capaces de discernir y cambiar la reacción
inconsciente, por la respuesta consciente, eligiendo desde nuestra sabiduría
interna, que paso queremos dar en cada momento en pos de nuestra felicidad.”
Una de las prácticas más
conocidas del mindfulness es la de la “Atención a la respiración”, que consiste
en algo simple de decir; pero difícil de realizar; se trata de poner atención a
nuestra respiración; pero sólo poner toda nuestra atención a nuestra
respiración.
Aquí les dejo un ejemplo guiado
de esta práctica. Luego de realizarla, pueden contestar preguntas, tales como:
¿Qué sintieron?
¿Pudieron “concentrarse sólo en
la respiración?
¿Sintieron algún malestar?
¿Sintieron alguna incomodidad?
¿Dónde?
¿Qué pensaron?
¿Qué sentimiento surgió?
¿Qué imaginaron?
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Cuenta la leyenda que, al nacer,
todos venimos al mundo con un jardín abonado listo para ser cultivado.
Al principio, no podemos hacer
demasiado y son otras personas las que sin darse cuenta empiezan a plantar en
nuestro jardín.
Pero bien pronto, mucho antes de
lo que pensamos, ya podemos empezar a sembrar nuestras semillas.
Siempre sembramos lo mejor que
podemos y solemos plantar las semillas que más utilizamos, con las que
aprendemos a manejarnos.
Por ejemplo, si acostumbramos a experimentarnos
con muchas carencias, nos sentiremos en falta y puede que sembremos semillas de
enfado, de rencor, de rabia, de tristeza.
Por el contrario, si nos
apreciamos con cariño y atención, alguna semilla habrá de enfado, pero, sobre
todo, cultivaremos semillas de tranquilidad, de amor, de atención.
Así continuamos hasta el fin de
nuestros días.
Lo que ocurre es, que a medida
que vamos creciendo, disponemos de más capacidad para elegir y qué cultivar en
nuestro jardín.
Nos hacemos responsables en lo que
sentimos y en cómo nos sentimos ante determinadas situaciones.
Cuenta la leyenda, que el terreno
del jardín, va acostumbrándose y cuantas más semillas tenemos de algo, más
fácil es que agarren las del mismo tipo.
Por eso ocurre, que, si me enfado
con frecuencia, tendré tendencia a enfadarme más, mientras que, si cultivo el
amor y la alegría, tendré tendencia a fijarme en eso y no en otras cosas.
¿Qué semillas cultivamos en nuestro jardín?